Volver
oficialmente a lo que fue mi verano hace golpearme de lleno con fugaces
trocitos de recuerdos que hacen eco en mi sonrisa cada vez que me concedo parar
para volver atrás. Personalmente, considero añorar como la perfecta tortura,
pero ayer lo consideré todo un placer. Quizá sea porque suelo añorar cosas que
he visto marchar para no volver. Como cuando zarpas y ves el puerto a tus pies,
ligeramente iluminado, pero igualmente sabiendo que la cuidad está más allá y
que en ella la euforia y la libertad tocaron lo más alto. Podrás volver
millones de veces pero tu corazón sigue aún anclado allí y sabe que no será
igual. O como cuando te despides de quienes han sido tus perfectos hermanos y,
aunque la esperanza brille la razón sabe que no los volverás a ver. Cuando,
impotente, ves alejarse la imagen de tus mejores vacaciones tras un cristal, y
todo lo bueno pasa fugaz ante un fuero interno que no es capaz de aceptar que
ya estás lejos de lo que fue. Experiencias que te enseñan a no subsistir con
horas delante de una fotografía y a no leer una carta más de una vez, sino a
exprimir su esencia en la primera lectura para luego guardar en un cajón por
siempre. Técnicas de defensa con las que la vida nos obliga a ingeniar para no
sufrir.
Cuando me
mudé aquí no me llevé absolutamente nada que me pudiera recordar que la gente
que quería no estaba conmigo, o que me hiciera parar el mundo para acordarme
del increíble último año que trajo tiempos que tocaron fin por siempre hace
muchos días. Pero advertí que mi misma regla de autodefensa rompía el escudo y
es que, tal y como he hecho siempre, nunca he movido los recuerdos de sitio y
efectivamente allí estaba todo mi pasado mes de agosto reducido a canciones,
pulseras, vistas, vestidos e incluso la brisa parecía confesarme carcajadas
lejanas. Normalmente, añorar de golpe me congela el alma por segundos y es algo
que tengo totalmente prohibido, pero por primera vez no me rasgó en lo más
hondo verme pasear con ella, siempre con ella, sándwich de nata en mano y el
peligroso brillo que avisa que no hay límite, en nuestras pupilas; noche tras
noche, sentadas espalda contra espalda veíamos la luna crecer y menguar sin
cansarnos y solo el mar es testigo de ello. Al igual que las estrellas nos
espiaban descaradas a cada locura en la que entrabamos donde no debíamos y
donde en ya en la azotea las sonrisas eran lo único visible entre confesiones,
guiños, cohetes, polvo, amor y noche.
No me
gusta admitir que puede que añorar quizá sea saludable a la más mínima
necesidad, ya que cuando añoro los recuerdos me oprimen el pecho y eso me
impide limpiar el corazón a través de las lágrimas, haciendo que la presión se
quede ahí aumentando la angustia y la sensación de vacío, ensuciando el alma
desde dentro.
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